El uso de seudónimos aparece en trayectorias muy distintas de la literatura española escrita por mujeres en el siglo XX. No respondió a una única causa: pudo servir para vencer el prejuicio comercial, entrar en un espacio literario masculinizado o trabajar bajo la represión política.
Tres máscaras y tres funciones distintas
Un seudónimo es siempre una máscara, pero no todas sirven para lo mismo. Aquí hubo por lo menos tres funciones: esquivar el prejuicio del lector, entrar en un sistema literario que solo admitía voces masculinas y sobrevivir a un régimen que te había borrado. Lo que tienen en común es lo que cuesta reconstruirlo después.
Carmen de Burgos
Cuando el problema es que tu nombre no vende
Carmen de Burgos (1867-1932) fue la primera periodista profesional de España y la primera corresponsal de guerra. Firmaba como Colombine, y con ese nombre publicaba su columna «Lecturas para la mujer» en el Diario Universal.
Pero Colombine no fue el único. También usó Gabriel Luna, Perico el de los Palotes, Raquel, Honorine y Marianela. La razón lo dice todo: su propio nombre despertaba prejuicios. Un texto firmado por Carmen de Burgos ya venía leído de antemano.
Hay algo más en su caso que resulta fascinante y algo triste. Junto a sus ensayos feministas (El divorcio en España, La mujer moderna y sus derechos) publicaba títulos como ¿Quiere Vd. conocer los secretos del tocador? o El arte de ser amada, con una publicidad que prometía llegar a ser seductora y lograr la eterna juventud. ¿Contradicción? Más bien economía. Esos libros se vendían. Los ensayos feministas, previsiblemente, no.

Lucía Sánchez Saornil
Cuando el problema es el género, y la solución es masculinizar tu propio nombre
Lucía Sánchez Saornil (1895-1970) fue la única mujer que publicó en las revistas ultraístas. Desde el principio adscribió su imagen autorial al seudónimo Luciano de San Saor.
Fíjate en la operación: no se inventa un nombre cualquiera, masculiniza el suyo. Lucía pasa a Luciano; Sánchez Saornil, a San Saor. Es su nombre, pero pasado por un filtro que lo hace publicable. A veces firmaba con el real, a veces con los dos a la vez, y esa oscilación dice bastante sobre lo incómodo del asunto.

El clima intelectual
Lo que se podía escribir sin escándalo en 1923
En 1923 Ortega y Gasset (el filósofo español más prestigioso del siglo) escribía tan tranquilo que el lirismo exige «lanzar al universo lo íntimo de nuestra persona» y que «estas condiciones sólo se dan en el varón», porque la mujer es «nativamente ocultadora». Contra eso escribía Lucía Sánchez Saornil. Conviene tenerlo presente antes de juzgar la decisión de esconder un nombre.
Carmen Conde
Cuando el problema ya no es el prejuicio, sino la represión
Tras la guerra, Carmen Conde fue sometida a dos procesos sumarísimos, permaneció indocumentada y tuvo que confinarse durante años en San Lorenzo de El Escorial. En ocasiones ocultó su nombre para poder trabajar.
Magdalena Noguera
Uno de los heterónimos documentados en su producción.
Florentina del Mar
Lo utilizó en cuentos, teatro infantil, ensayos, relatos y traducciones.
Asunción Parreño
El tercer heterónimo documentado por los estudios sobre su actividad durante la posguerra.
La misma mujer que en 1979 sería la primera académica de número de la Real Academia Española tuvo que alternar su nombre con identidades literarias durante los años cuarenta.
Y todavía en 1971, cuando Carmen Conde preparó su segunda antología de poetas, contó con la colaboración de Angelina Gatell, que no pudo firmarla: estaba represaliada por su actividad política.
Las consecuencias
Buena parte del trabajo de recuperación ha consistido en devolverles el nombre
Lo que tienen en común los tres casos es lo que cuesta reconstruirlos después. Nombres dispersos, obras atribuidas a fantasmas, autoras que desaparecen de los manuales porque literalmente no están firmadas donde deberían.
Cuando hoy se recupera a una de estas escritoras, la mitad de la investigación no consiste en interpretar su obra: consiste en demostrar que es suya.
Para seguir leyendo
Los tres casos, cada uno con su estudio de referencia
Las atribuciones que aparecen aquí proceden de los estudios monográficos dedicados a cada una de las tres:
Establier Pérez, Helena (2000)
Mujer y feminismo en la narrativa de Carmen de Burgos «Colombine». Almería: Instituto de Estudios Almerienses.
Ferris, José Luis (2007)
Carmen Conde, vida, pasión y verso de una escritora olvidada. Barcelona: Temas de Hoy.
Gómez Garrido, Marta (2011)
La ambigüedad sexual en tres poetas de la modernidad: Lucía Sánchez Saornil, Ana María Martínez Sagi y Carmen Conde. Trabajo fin de máster dirigido por María Dolores Romero López. Universidad Complutense de Madrid.
Neira, Julio (2020)
«El ultraísmo y la mujer», en El ultraísmo español y la vanguardia internacional. Madrid: Instituto Cervantes.
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Nueve años y una fotografía
De la foto del Ateneo de Sevilla, sin ninguna mujer, al banquete de 1936.
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