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El idioma español · Historia de la lengua

El acento americano no se decidió en 1500.

Cartagena de Indias tenía 2.500 vecinos libres cuando Sevilla pasaba de 80.000. Una sola flota podía traer casi media ciudad de golpe.

Responsabilidad editorial
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Revisión académica
Isabel B.
Tiempo estimado de lectura
9 minutos

Hay una idea muy extendida sobre el español de América: que se fundió en las primeras décadas del siglo XVI, en las Antillas, y que desde entonces lleva esa marca de nacimiento. Es una idea bonita, ordenada y bastante cómoda. El problema es que las cifras de población no la sostienen, y que hay media docena de cambios lingüísticos que ocurrieron a los dos lados del Atlántico al mismo tiempo, mucho después de aquella supuesta fundación.

De qué va exactamente la discusión

Muchas hablas hispanoamericanas comparten rasgos con el andaluz y el canario que las alejan del castellano centroseptentrional. De ahí nacen las teorías andalucistas: el andaluz habría sido el modelo lingüístico decisivo mientras se formaba el español de América. Enfrente están quienes discuten los datos demográficos en que se apoya esa idea. La pelea lleva un siglo abierta y ha producido, de paso, casi todo lo que sabemos sobre cómo llegó el español al continente.

De dónde sale la sospecha

El año que los emigrantes pasaban en Sevilla esperando barco

Varios rasgos ampliamente extendidos en el español americano (el seseo, buena parte del yeísmo y el uso de ustedes en lugar de vosotros) coinciden con rasgos principales del andaluz. Súmese la hegemonía comercial de Sevilla durante toda la empresa colonial y la sospecha se formula sola. Al incorporar las Canarias a la ecuación, Diego Catalán acuñó a finales de los cincuenta una etiqueta que ha hecho fortuna: español atlántico.

Hay un argumento a favor especialmente gráfico. Antes de embarcar, muchos emigrantes pasaban largos periodos en Sevilla o en Cádiz esperando pasaje, conviviendo con marineros y estibadores, y después permanecían uno o dos meses en el barco. Era tiempo suficiente para familiarizarse con el vocabulario de a bordo.

Eso ayudaría a explicar algo que sigue vivo hoy: palabras que en España solo se usan en contextos náuticos y que en América son de la vida diaria. Botar, amarrar, atracar, balde, abarrotes, chicote, desguazar, timón. Parte de ese vocabulario cotidiano viajó a través de los puertos.

A esto se añade el famoso componente arcaico del español americano frente al moderno de España: lindo, cobija por «manta», platicar por «hablar», pollera por «falda». Se atribuye al aislamiento relativo de muchas zonas durante la colonia, y a la tendencia de los dialectos periféricos a conservar lo que la metrópoli ya ha tirado.

Un siglo de pelea

Wagner, Henríquez Ureña y una discusión que se decide contando pasajeros

En 1920, Wagner fue de los primeros en suponer un origen andaluz para el español de América; siete años después matizó y lo limitó a las tierras bajas y costeras. Henríquez Ureña le respondió, y a partir de ahí la discusión dejó de ser de intuiciones y anécdotas para volverse un asunto de archivo.

  1. Henríquez Ureña se pone a contar

    Calculó el origen de unos diez mil primeros colonos a partir de los documentos recogidos por Icaza, y concluyó que los andaluces eran solo un tercio. El problema, se le objetó después, es que diez mil son pocos frente al total, y que las primeras décadas no tienen por qué representar el periodo entero de formación.

  2. Boyd-Bowman multiplica la muestra por cuatro

    Entre los años cincuenta y setenta identificó el origen regional de cuarenta mil colonos, un veinte por ciento del total del primer siglo. Sus resultados se citan a menudo como prueba definitiva del origen andaluz. No lo son tanto.

  3. Lo que dicen de verdad esas cifras

    Antes de 1519, alrededor del 30 % de los colonos procedía de Sevilla y Huelva. Es la mayor aportación de una sola región. Pero la suma de los de origen castellano es casi igual de grande, y si se le añaden extremeños y leoneses, supera a los andaluces. En la última parte del periodo estudiado, la emigración del norte va creciendo.

  4. Y hay un sesgo de bulto

    Muchos futuros colonos que esperaban pasaje en los puertos andaluces declararon Sevilla, Huelva o Cádiz como lugar de residencia aunque hubieran nacido y crecido en otra parte. Un número indeterminado de gente de otras regiones entró en la estadística como andaluza sin serlo.

La pregunta incómoda

Aunque tuviéramos el censo entero, seguiría sin haber respuesta

Supongamos que se consiguiera un perfil demográfico completo del periodo colonial. Quedaría en pie una pregunta que ninguna cifra contesta: ¿cuánto es bastante?

Nada hace pensar que exista una correlación simple entre la proporción de población que aporta una región y la transferencia de sus rasgos lingüísticos. Que los andaluces fueran el 30 %, el 20 % o incluso el 10 % de una población colonial no excluye que su influjo fuera decisivo, sobre todo si el resto estaba repartido entre muchos dialectos regionales, cada uno con un peso menor.

Y al revés: que en una zona hubiera mayoría numérica de andaluces no implica automáticamente que el dialecto de esa zona saliera andaluz. El peso sociolingüístico de un grupo no se mide en cabezas.

La ecuación que no cuadra

Las tierras altas no hablan castellano: hablan lo que quedó al nivelar

Es cómodo resumirlo así: costas iguales a Andalucía, capitales del interior iguales a Castilla. Pero es inexacto. En las ciudades del interior el contacto con Castilla nunca fue tan intenso como el de las costas con Andalucía, y el personal administrativo jamás fue un porcentaje predominante. La prueba está en lo que falta: en las capitales coloniales no hay zeta, ni jota uvular, ni vosotros, ni ese apical. Lo que ocurrió en las tierras altas no fue la llegada de una influencia regional única, sino su ausencia. De ahí salieron patrones «por defecto», producto de la nivelación entre colonos de todas partes.

Las cifras que lo cambian todo

Una sola flota podía traer casi media ciudad

Aquí es donde la teoría del molde fundacional se resquebraja. Las ciudades coloniales eran diminutas, y basta ponerlas al lado de Sevilla para verlo.

Con esas magnitudes, el cálculo se hace solo. Una flota que llegaba a Cartagena, Portobelo o Lima podía llevar varios cientos de colonos: en determinadas circunstancias, una sola flota aportaba recién llegados que sumaban casi la mitad de la población residente. Y aunque no todos se quedaran en el puerto de entrada, su contribución lingüística tenía consecuencias.

Si el periodo decisivo fuera el antillano, anterior a 1530, estaríamos hablando de un puñado de pueblos isleños con unos pocos miles de colonos en total. Y en todo el siglo XVI, pocas ciudades de Hispanoamérica llegaban a los 5.000 habitantes. Algunos de los centros que hoy tienen dialecto nacional propio ni siquiera se habían fundado.

Gráfico de barras que compara la población de seis ciudades: Nombre de Dios un centenar de residentes, Cartagena de Indias 2.500, Caracas 3.000, Ciudad de Panamá 8.000, Buenos Aires 20.000 y Sevilla 80.000, cuya barra es más larga que todas las demás juntas
Las cinco barras americanas juntas no llegan a la mitad de la de Sevilla. Elaboración propia con las cifras de Lipski, El español de América.

La prueba definitiva

Media docena de cambios ocurrieron a la vez en los dos continentes

El argumento más difícil de rebatir no es demográfico, sino cronológico. Si el español de América se hubiera cerrado sobre sí mismo en 1530, no habría acompañado a España en los cambios posteriores. Sin embargo, siguió participando en ellos.

  1. En 1492 el castellano tenía seis fonemas sibilantes

    En la mayor parte del español americano actual, aquellos contrastes se han reducido a un único fonema sibilante. El ensordecimiento que precedió a esa reorganización se desarrolló también en España, y los primeros préstamos del náhuatl, el quechua y el guaraní muestran que los colonos aún conservaban parte de las distinciones medievales. El sistema americano no quedó fijado con los primeros asentamientos.

  2. La jota se formó a mediados del siglo XVII

    Y la jota uvular castellana, más áspera, nunca llegó a surgir en América. No es un simple trasplante del andaluz: es un cambio compartido que cada lado llevó hasta un punto distinto.

  3. Usted no existía cuando se fundó Santo Domingo

    Ni usted ni ustedes habían alcanzado aún su forma y distribución modernas en la época de los primeros asentamientos. Su posterior extensión a ambos lados del Atlántico vuelve difícil sostener que el molde americano estuviera ya cerrado.

  4. La b y la v todavía se distinguían

    Nebrija en 1492 y Valdés en 1529 las dan como fonemas distintos, y las palabras españolas que entraron en las lenguas indígenas durante el XVI reflejan esa diferencia. Se fundieron después, a ambos lados del Atlántico.

Lo que queda

El producto no es de los primeros colonos, sino de toda la población

Ninguna lengua que haya evolucionado en colonias de ultramar sin quedar aislada de la metrópoli conserva únicamente la huella de sus primeros pobladores. El inglés de Estados Unidos ofrece un buen paralelo: las Grandes Llanuras con generaciones de hablantes de alemán y de lenguas escandinavas, Chicago y Milwaukee con el polaco, Nueva York remodelada por la inmigración irlandesa. En todos los casos, las llegadas posteriores también dejaron su marca.

En América pasó lo mismo. Antioquia acogió numerosos inmigrantes del norte de España después del siglo XVI y conserva una ese apical de tipo castellano. En la República Dominicana, la presencia africana, numerosa y permanente, contribuyó a configurar el habla local. La emigración canaria hacia el Caribe se mantuvo desde la época colonial y conoció nuevas oleadas en el siglo XIX. Y la inmigración italiana a Buenos Aires y Montevideo, desde las últimas décadas de ese siglo, marcó el Río de la Plata.

Los héroes fundacionales adquieren siempre proporciones supravitales cuando un país reconstruye su historia. Pero con la lengua delante, la conclusión es otra: el español de América es producto de toda la población, inmigrante e indígena, y no solo de quienes llegaron primero.

Proyectos y corpus

Dónde están los datos con los que se sigue afinando

La discusión continúa, y hoy se apoya en corpus de acceso público que no existían cuando empezó:

Bibliografía

Las obras consultadas para escribir esto

La polémica del andalucismo y las cifras de población colonial proceden de los capítulos correspondientes de Lipski; el marco general, del manual de Aleza y Enguita. Las tres últimas entradas son las obras sobre las que se levanta esa discusión y a las que ambos remiten:

  1. Lipski, John M. (2005 [1996])

    El español de América. 4.ª ed. Madrid: Cátedra. Capítulo sobre los orígenes regionales de los colonos y la demografía colonial.

  2. Aleza Izquierdo, Milagros y Enguita Utrilla, José María, coords. (2010)

    La lengua española en América: normas y usos actuales. Valencia: Universitat de València. De acceso libre.

  3. Boyd-Bowman, Peter (1956-1972)

    Serie de trabajos sobre el origen regional de los primeros cuarenta mil colonos, base de casi toda la discusión posterior.

  4. Menéndez Pidal, Ramón (1962)

    El estudio más completo de los contactos lingüísticos entre Andalucía y las costas hispanoamericanas, y origen de la distinción entre el área de la flota y la de las cortes virreinales.

  5. García Mouton, Pilar (2006)

    «Los atlas lingüísticos y las variedades del español de América», Boletín Hispánico Helvético, 8, pp. 111-122.

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